Entrada: LA FERIA DE “EL LUGAR”

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Foto de Javier Rubert Cándido: Juego de Cucañas. 
Gátova, Años 60.

LA FERIA DE “EL LUGAR”

Pablo Romero Llima

¿Qué niño no se desvive por montar en los dóciles caballitos, la majestuosa noria o experimentar la trepidante velocidad del carrusel de una feria? Hoy en día todos. Sin embargo, en Gátova (conocido así por los residentes de las masías cercanas y del asentamiento de Marmalé como, El Lugar), para los que nacimos en la década de los 50, los recuerdos fluyen cuando dejamos volar la imaginación…, aquellos momentos repletos de fantasía, donde nos inventábamos juegos y divertimentos, vuelven con la fuerza de aquellos sentimientos olvidados y no obstante tan queridos. 

La vejiga de un cerdo era suficiente para improvisar una liga deportiva: las patatas maquilladas y revestidas con retales, se convierten en muñecas y, muchas veces pasan a formar parte del circo de marionetas. Un abollado bote de lata nos hace las veces de útil brasero, y como no, la omnipresente y compacta pelota de trapo siempre era suficiente para entablar un partido de beisbol o una “partida de pelota a largas”. 

Las itinerantes ferias lúdicas de la primera mitad del siglo anterior, suelen emplazarse en las capitales de provincias y en las ciudades más pobladas, por lo que prácticamente el disfrute de sus atracciones queda reducido a la población autóctona y, de forma muy esporádica, a vecinos de pueblos limítrofes. Mayores y pequeños saben de la existencia de estos encantos recreativos, por el rumor que les llega de oídas, pero no llegan a formar en su mente una realidad aproximada de las atracciones que integran el recinto festivo.  La falta de referencia visual conlleva a que la imaginación elucubre sobre la realidad ferial y piensen en cachivaches, que tienen que ver más con la fantasía que con el escenario real. 

En el recinto festivo también se agrupan algunos tenderetes que ofrecen a los visitantes golosas pitanzas, que no se encuentran en la oferta de la vida ordinaria. En la propia inopia de quien no conoce, hizo de la buena voluntad del padre comprar como regalo para sus hijas un atractivo “algodón de azúcar” rosado; la inconsistencia y la volatilidad del producto dan al traste con el presente, cuando horas más tarde llega al pueblo; del gracioso y atractivo volumen algodonado, tan solo queda de él un escuálido palo pegajoso. El sugestivo obsequio del principio, desconcierta a unas crías ilusionadas y decepciona al generoso padre al ver truncado su propósito. 

 La feria del “Lugar” a la que me voy a referir, se limita a una esporádica visita de saltimbanquis itinerantes que, con acrobacias y juegos malabares, devuelven a la plaza un ambiente festivo. También forma parte de la misma, coincidiendo con las fiestas patronales, el flamante caballo de cartón, usado como reclamo para que la chavalería pudiese montar en él para hacerse una fotografía en tan lustroso muñeco. Tampoco es despreciable en verano la golosa oferta de helados. El Polero , como se conoce al dueño de un carromato preparado al efecto, brinda al público los sugerentes refrescos guardados en las entrañas de su nevera con ruedas, que viene empujando del pueblo contiguo.  

No obstante, las itinerantes y esporádicas visitas de estos feriantes, que convierten su atracción en momento de festividad, se complementan con el tobogán autóctono, que es de plaza fija. Impasible al tiempo, está abierto las veinticuatro horas del día, y además es gratuito; me refiero a “La Peña Escoladera”. Es esta “peña”, una mole de piedra rodena lisa, ancha, de considerable longitud y desnivel; está situada en la parte inferior de una ladera del monte colindante con el lavadero, donde sus flancos vienen limitados por otras moles de piedras rodenas irregulares y por un enjambre de pinos. El socavón de  cabecera de esta “peña”, donde cayó una bomba en guerra, es el lugar elegido para comenzar el deslizamiento de la chavalería por su áspera lengua. La fricción de la piedra con el pantalón produce verdaderos estragos en la tela del mismo; por lo que, a veces, y para evitar el destrozo de los calzones o incluso quemaduras en el glúteo, se coloca debajo de la prenda algún cartón, trozo de serón viejo, o inclusive una piedra llana. Así mismo, para imprimir mayor velocidad al corrimiento, la losa se aliña con tierra fina y seca, creando una capa intermedia entre ambas superficies para favorecer el deslizamiento.  Incansablemente, una y otra vez se repite el descenso y todos los críos disponen de un bono multiviajes gratuito; en el que tan solo se exige como condición guardar turno  de espera. Para proporcionar más emoción al descenso, se forma un “tren de enganche” con cinco o seis chavales, que la propia inercia, o bien por la mala intención de alguno de ellos, desequilibra la carrera, resultando un embolique de cuerpos al final de la lengua. Los efectos secundarios de este carrusel: moratones y rasguños, se hacen visibles en la piel del cuerpo, exhibiéndolos igual que trofeos. No obstante, y a pesar de que la “feria” no supone ningún desembolso económico, los efectos terciarios llegan cuando el ínclito sofocado y desaliñado niño, abre la puerta de su casa a hurtadillas, pretendiendo eludir a la distraída mirada de su madre el roto del pantalón. El quiebro dura lo que dura un pastel en la puerta del colegio y no tardará su progenitora en sacar a pasear la zapatilla, ya que le tiene amenazado en no ir a jugar a la “escoladera”. Los rasguños tienen menos importancia y cicatrizan por su natural, pero el zurcido o el remiendo del pantalón perdurarán a la vista de todos, incrementando parcialmente el puzle de retales en que se ha convertido el calzón. 

El tobogán permanece impertérrito todos los días, incluso en verano que es cuando   amplía su oferta la feria. Esta, tiene el preámbulo en la siega y para ello se prepara la era como circuito redondo donde trillar el cereal. Todo el perímetro de la pista tiene que estar acondicionado y limpio para poder ser recubierto por el grueso manto amarillento de mies bronceada. El espesor que genera el acopio de espigas y paja se pisotea repetitiva y circularmente por el animal tirando de un trillo. Esta tabla o trillo, de considerable peso y recubierta en su parte inferior por cuantiosas piedras de pedernal, incrustadas en la parte inferior de la madera, actúan como cuchillas al contacto con el cereal, que desmenuza y separa el grano de la espiga. A su vez, la tabla del trillo, tiene la utilidad de base para su piloto, el trillador; subido de pie en ella y dirigiendo de las riendas del animal, mantiene el equilibrio, que vuelta tras vuelta recorre el circuito circular donde se posa la parva. Más importante que la velocidad del animal tirando del trillo, es la constancia y la resistencia para poder hacer una buena separación del fruto. 

 Como invitados a este “carrusel “acudimos a la era para disfrutar de esta atracción, que también nos complace con la gratuidad de la misma. Subidos en el trillo y cogidos del cinturón de seguridad, que presta sin protestar el rabo del animal, se suceden las vueltas repetitivas al coso ferial. 

Cuando a bien lo tiene el dios Eolo (dios del viento), se aprovecha su gracia para separar la el grano de la paja mediante el procedimiento del “aventado”. Habitualmente, los hombres, provistos de horcas de madera, lanzan al viento el producto de la trilla, quedando a los pies, por ser más pesado, el grano, y más alejada, por la ayuda del soplo del aire, la paja. Beneficiarse de las circunstancias propicias del momento es conocido en el lenguaje práctico como: “Aventar cuando hace aire”. Posteriormente, la era se barre minuciosamente para que no quede en ella un grano perdido y la paja acumulada pasará a engrosar el desnutrido pajar, que es la siguiente atracción, que desafiamos sin miramiento de hacernos daño. La mullida colchoneta de bálago actúa como amortiguador en la caída cuando se salta desde la cimbra al sótano repleto de paja. Así hemos conseguido dos atracciones en una: carrusel y colchonetas. 

Con la llegada de las rudimentarias trilladoras mecánicas perdimos el cincuenta por cien de la feria y nos quedamos sin circuito, pero todavía nos queda el salto a la colchoneta. Esta vez, la paja ya no se introduce al pajar en sariás o fardos, si no que ahora se hace directamente desde la trilladora móvil por un tubo hueco, que este armatoste direcciona hasta el lugar elegido. 

La trilla y el verano hacen buenas migas con otra atracción: El barraco. Es allí donde se disfrutan de los juegos acuáticos entremezclados con renacuajos, ranas y alguna que otra culebra de agua. No hay taquilla; también es gratis. Las pozas más profundas hacen las veces de piscinas y a pesar de que la corriente de agua es más bien escuálida, sigue siendo suficiente para zambullirse en ellas. Es otro de los lugares que están tibiamente prohibidos por las madres, y aunque saben de la visita a estos refrescantes lugares, hacen hincapié en la advertencia, en el caso de ir, de hacerlo en las rebalsadas que no cubren. La pericia y la autodidáctica es lo único que interviene en el aprendizaje de la flotación; las extraescolares y los cursillos de natación ni se conocen ni se les espera. 

Los gélidos inviernos de los abuelos de quienes ahora ya lo somos, dan, a veces, protagonismo fortuito a la balsa común de riego, convirtiéndola en improvisada pista de patinaje sobre hielo. Son los días extremadamente fríos quienes abren un paréntesis en las labores agrícolas, ya que las tierras están heladas y no se puede laborar en ellas. Las horas mañaneras pasadas en taberna y el vino desmesurado sin templador, hacen estragos en el conocimiento de los presentes; y les aventuran a desafiar las bajas temperaturas y al miedo de aproximarse hasta la balsa helada, para, entre burlonas risas, practicar un patinaje esperpénticamente  destarifado. En alguna ocasión, cuando el nivel de sensatez no tiene más que perder, lanzaban a la pista de hielo, de forma grotesca, la burra de alguno de los beodos, que cual dron se defiende de la inestabilidad abriendo sus patas buscando el equilibrio. Al pobre équido (que en otras ocasiones ya se ha visto en este trance y sabe lo que le espera), el instinto le hace revelarse a las órdenes de su dueño y arrastrándolo a empujones lo llevan al escenario helado para divertimento de los mirones. 

Con el paso del tiempo, hemos visto desaparecer parte de la Peña Escoladera, por un bocado que le dio la carretera; los trillos, eras y pajares pasan a ser reliquias de anticuario, eriales y solares; de los animales de tiro, ya ni se sabe de ellos; y del barranco, huérfano de agua, tan solo quedan matorrales, cañaverales y alguna rana solitaria.  

Cada cual vive la feria en su momento y las madres de los niños de ahora, dicen que la de hoy es más aséptica, más segura (hasta los suelos de algunas atracciones están acolchados) y más reglamentada. Quizás tengan razón, pero cuando en alguna ocasión visito alguna feria, el enjambre del gentío y los olores a fritanga aturden los sentidos; sin despreciar los exagerados decibelios de la música que acompañan las atracciones, que atarantan hasta las entrañas. Los niños de hoy en día se libran de la zapatilla de su madre, porque ya no se rompen los pantalones; tampoco saben del picor en la piel que produce la paja de la trilla; ni de charcas del barranco llenas de renacuajos; ni, por supuesto, de los sabañones en orejas y dedos como secuela de los crudos inviernos sin calefacción. 

Pablo Romero Llima – Gátova, 2022.

Foto de Javier Rubert Cándido: Juego de Cucañas. 
Gátova, Años 60.

Foto de José Roselló Sánchez: Niña con muñeca. 
Gátova, Principios s. XX.

Foto de Vicente Ricardo Martínez Sánchez: Niños con bicicleta.  
Gátova, Años 50.

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